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Experta quiromante

Lunes, junio 27th, 2011 by

No siempre es necesario seguir métodos, ni aplicar técnicas para alcanzar el éxito. A veces un simple presentimiento puede dar la respuesta, y si no me creéis leed lo que una gitana nos vaticinó con tan sólo mirar nuestras manos y, contra todo pronóstico, acertó plenamente.

«Era una oscura y tormentosa noche…» es quizá el mayor tópico literario y fue ideado por el escritor Edward Bulwer-Lytton. Dado el carácter esotérico de lo que voy a contar puede que sea una buena cita para introducir al lector en los acontecimientos que se van a narrar, sin embargo prefiero otra frase del mismo autor: «El destino se ríe de las probabilidades».
Apenas llevábamos un mes de casados. En realidad aun estábamos en plena luna de miel. Al oscurecer, en aquella tarde de finales del verano de 1984 se levantó una brisa fresca que nos hizo fundirnos aun más en el abrazo que nos unía. Juntos y acaramelados, bajo la marquesina del desmantelado cine, esperábamos despreocupados el autobús que nos llevaría a pasar los últimos días de vacaciones en la casa de mi hermano en la playa.

En la esquina, junto a la sucia taquilla inmemorialmente cerrada, un grupo de escandalosas gitanas que hablaban casi a gritos acaparaba la atención de los viandantes. Una de ellas, puede que fuera la más joven, fijó su objetivo en nosotros. Sin dejar de chillar se separó del grupo y se dirigió hacia donde nos encontrábamos.

Conforme se aproximaba, pude comprobar que el aspecto de la joven obedecía a casi todos los tópicos que se esperan de las gitanas pintorescas, incluidos el delantal y el moño con el clavel en lo alto, sólo le faltaba cargar con un chiquillo mocoso y despatarrado sobre la cadera.

Cuando, escandalosa y vociferante llegó a nuestro lado, bajó el volumen de su potente voz y se dirigió a nosotros mostrando una amplia sonrisa en su rostro cetrino, entonces nos habló con adulador descaro. Con sus ingeniosas palabras en caló pretendía que le diéramos algunas monedas, y ante nuestra negativa nos propuso leernos las palmas de nuestras manos a cambio de la voluntad.

Escépticos, siempre habíamos rechazado este tipo de patrañas que tanto se dan en la zona turística donde vivimos para embaucar a los foráneos, pero la gitana era simpática y zalamera, y después de todo todavía faltaba bastante para que llegara el autobús de la costa, así que accedimos a su esotérico e interesado ofrecimiento con la única intención de pasar el tiempo.

La experta quiromante tomó primero mis manos y nada más mirarlas, sin apenas dedicarles unos segundos de reflexión, dijo que yo era joven y guapo, y añadió que estábamos recién casados. Enseguida comprendí que el dinero que iba a pagar por el mágico servicio ni siquiera iba a requerir de un pequeño esfuerzo por parte de la sibilina gitana. Seguramente —pensé— se va a limitar a comentar las tópicas trivialidades que no comprometen a nada.

Lo de mi juventud era evidente porque yo tenía entonces 24 años y la cabeza cubierta por una tupida cabellera de recio pelo tirando a rubio (¡suspiro!), lo de guapo era cuestionable pero opté por aceptarlo sin más porque, después de todo, iba a pagar generosamente por aquel halago, y lo de recién casados era fácil de deducir porque estábamos medio abrazados, con las manos entrelazadas y mostrando las recientes y relucientes alianzas.

Tras otro somero vistazo a mis manos siguió diciendo que nuestro matrimonio sería largo, lo cual tampoco era comprometido de aventurar con sólo ver nuestras caras de embelesado enamoramiento propias de quienes llevan poco tiempo desposados. Yo lo acepté de buen grado porque ese tipo de afirmaciones son las que cualquier pareja en nuestras circunstancias desea oír.

No recuerdo mucho más de lo que la gitana vio en las líneas de mis manos, por las que apenas mostró un mínimo interés, pero sí pervive en mi memoria con detalle lo que vaticinó al leer las de mi mujer.
Comenzó echando un vistazo superficial de sus palmas y enseguida obtuvo conclusiones tan frívolas como las que dedujo al leer las mías. Pero de pronto calló su ágil perorata. Concentrada y en silencio inició un análisis concienzudo: Observó con detenimiento los montes sobresalientes, lentamente repasó con el índice las líneas más importantes, después lo hizo con las secundarias, y luego examinó los signos que destacaban en la tersa piel de las manos de mi joven compañera. Los instantes de silencio, que se alargaban demasiado, y el interés que ponía en la lectura, daban a entender que estaba viendo algo inusual y digno de su atención, o quizá sólo pretendía hacer un poco de teatro para despertar nuestra fascinación y quizá sacarnos un poco más de dinero.

Centró su minuciosa investigación en la mano izquierda y dirigió atentamente su mirada al monte de Mercurio. Miró hacia la base del dedo meñique donde rayitas casi imperceptibles bajan hasta la línea del Amor, conformando la línea de la Descendencia que anuncia el número de hijos que la persona tendrá a lo largo de su vida. Son líneas poco profundas y difíciles de apreciar por ojos no acostumbrados, no obstante, los expertos en mancias dicen que en ellas puede verse incluso el sexo que tendrán las criaturas y hasta su carácter. Observó con atención esta zona de la mano y, tras más de un minuto de silencioso análisis que, reconozco me provocó cierto nerviosismo, por fin me miró y emitió su predicción. Afirmó rotundamente que mi mujer quedaría embarazada muy pronto, y añadió que, en total, seríamos padres de tres hijos.

Al oír el anuncio noté a través de mi abrazo un leve estremecimiento de mi mujer, que al tiempo me miró de soslayo diciéndome con sus ojos que quería acabar con aquella farsa.

Consciente del sobresalto que sus palabras habían provocado en nosotros, la gitana dio por concluida la lectura. Seguidamente nos echó la buenaventura deseándonos una larga vida, nos regaló una sobada ramita de romero, aceptó con avidez y sin vergüenza algunas monedas, y se marchó rápidamente en busca de otros incautos a los que engatusar. En el momento de irse me lanzó un guiño de complicidad que entonces no comprendí y cuyo motivo no creí oportuno indagar.

Luego, un poco más tranquilos, nos dedicamos a comentar con sorna los pronósticos de la gitana adivina. Camino de la playa, en el autobús casi vacío nos reímos de su predicción sobre tener nuestro primer hijo en breve plazo porque eso no formaba parte de nuestros planes inmediatos. Nuestra intención era pasar unos años sin niños porque éramos jóvenes y queríamos disfrutar algún tiempo estando solos y viajar todo lo que pudiéramos. Teníamos muchos años por delante para plantearnos lo de tener hijos.

Además, aunque siempre me gustaron los niños, en aquellas fechas yo no tenía muy desarrollado mi sentido de la paternidad, y por lo que respecta a mi mujer, ella siempre dijo que los niños no le llamaban demasiado la atención y que incluso podía imaginar una vida sin hijos. Si bien tener descendencia formaba parte de nuestro proyecto de vida en común, no era algo urgente ni teníamos intención de tener muchos hijos, uno, o a lo sumo dos. Indudablemente tres era demasiado para nosotros.

La experiencia con la gitana pasó a ser una de esas anécdotas a las que no hay que prestar mucha atención y que cuando suceden ya están predispuestas al olvido casi inmediato. Así que al bajarnos del autobús no volvimos a hablar más de ella ni de sus absurdas profecías.

Sin embargo, seis meses más tarde, nos encontramos con la sorpresa de que estábamos embarazados, y a los nueve más ya éramos padres primerizos de un varón. Entonces me acordé de la gitana y de su primera premonición, y sonreí para mi interior. Parecía que tenía razón en eso de que tendríamos un hijo pronto. Pero el embarazo inesperado en una pareja de recién casados es bastante habitual, así que el acierto no fue algo excepcional y concluí que no había que darle mayor importancia.

Pero cinco años después de nacer nuestro primer hijo y también de manera bastante inesperada, tuvimos el segundo, igualmente varón. Al conocer este nuevo embarazo volví a recordar a aquella gitana y sus augurios, y durante los nueve meses de gravidez llegué a temer en varias ocasiones si se harían realidad las premoniciones. Pero tras dar a luz comprendí que fui demasiado receloso porque ya nunca podrían cumplirse los vaticinios de la maga. El ginecólogo que siguió el embarazo y asistió al alumbramiento aprovechó para realizar una ligadura de trompas porque, según nos dijo, era lo más conveniente tras dos cesáreas consecutivas. A nosotros nos pareció acertada la decisión médica porque no queríamos tener más hijos y de esta manera no nos llevaríamos sobresaltos.

Desde entonces no volví a acordarme de aquella gitana embaucadora y medio bruja que conocimos en la parada del autobús. Ella, y su disparatado oráculo, cayeron en el olvido porque la profecía no se había cumplido completamente ya que jamás se consumaría lo de los tres hijos que nos anunció. Sólo teníamos dos y sin posibilidad alguna de un futuro embarazo.

Pero de nuevo, esta mañana, veinticuatro años después de la predicción y tres años después de que Eva esté con nosotros, me he dado cuenta de que la gitana acertó de pleno. Eva Xiudi llegó a nuestras vidas desde China convirtiendo en realidad los disparatados vaticinios de la hechicera. Porque en la actualidad, tenemos tres hijos, dos varones biológicos y una niña adoptada.

Según una antigua tradición china, un Hilo Rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, del lugar, de las circunstancias… El hilo puede enredarse o tensarse, perderse hasta casi desaparecer, pero nunca puede romperse. Al final, todas las personas que tiran de él llegan a reunirse.

Y entonces comprendí, al cabo de los años, por qué la gitana necesitó tanto rato para leer las manos mi mujer, y también el por qué de aquel extraño guiño cuando se marchaba. Ahora estoy seguro de que la encantadora bruja vio que aquellas jóvenes manos asían el Hilo Rojo.

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