Acceder



Capellán castrense

Martes, junio 7th, 2011 by

Cuando somos jóvenes, incluso niños, pensamos cómo será nuestro futuro, a qué nos dedicaremos, cuál será nuestra profesión. Seguidamente os cuento una pequeña historia en la que, siendo yo muy niño, imaginaba lo que quería ser en la vida. ¡Menos mal que ese sueño no se convirtió en un caso de éxito!

Cuando yo era pequeño, a esa edad en la que los tiernos infantes quieren ser bomberos, policías, futbolistas o piratas, si alguien me preguntaba qué quería ser de mayor, yo respondía con energía y convicción:

—Cuando yo sea grande quiero ser capellán-castrense. —

Evidentemente no sabía el significado de lo que estaba diciendo, ni siquiera conocía lo que querían decir ambas palabras por separado. Es más, aunque sabía que existían los curas y los militares no era capaz de relacionar convenientemente ambas profesiones con mi ferviente vocación infantil.

En mi familia no había antepasados que hubieran seguido la carrera eclesiástica ni tampoco la militar(1), así que nadie sabía el por qué de mi interés en ser capellán-castrense.

Recuerdo como si fuera ayer el momento (o mejor dicho, las circunstancias) en que tomé la decisión:

Pasé la mayor parte de mi vida escolar en un colegio religioso, y por eso, en los más tiernos años de mi infancia los curas se habían encargado de “comerme el tarro” con la importancia de la vocación religiosa, aunque yo nunca tuve esa inclinación. Pero un día, el profesor —que era a la vez cura—, nos anunció que próximamente nos visitaría una persona muy importante. No le presté mucho interés porque ya estaba acostumbrado a aburridas visitas de gente con sotana que nos daban aburridos e interminables discursos sobre liturgias, misiones y vocaciones.

Por fin llegó el día de tan insigne visita. Nos llevaron a la capilla —la misma en la que todos los días del mes de mayo cantábamos eso de “Venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía, que madre nuestra es” (estuve años con la tremenda duda de quién cojones sería “porfía” a quien llevábamos flores al mismo tiempo que a la Virgen, pero no me atreví a preguntar para evitar hacer el ridículo) —. Dicha capilla también hacía las funciones de salón de actos. Estábamos allí sentados cuando nos hicieron levantarnos para recibir al egregio personaje. Recuerdo vivamente que el ambiente era grave y circunspecto. Y por fin apareció el prohombre.

Yo esperaba que apareciera un cura con sotana o quizá con una de esas capas moradas que usan los curas más importantes, como cuando nos visitó el Obispo para hablarnos de la primera comunión (y la última para mi), pero quien subió al entarimado iba vestido de militar. Pero no era un soldado cualquiera sino uno con muchas estrellas y gorra de plato. Tenía tal cantidad de medallas en la solapa izquierda que del peso se le hubiera descolocado la chaqueta si no llega a ser por una banda de tela que cruzaba su solapa derecha y que le ayudaba a mantenerla en su sitio.

Con aspecto marcial, bien derecho, casi firme, y con una voz rotunda y a la vez bien modulada nos dio un discurso que apenas comprendí y del que sólo recuerdo algunas palabras sueltas: dios, guerra, muerte, sangre, cielo, patria, honor… Su ininteligible discurso me impresionó profundamente, más que el mensaje fue la vehemencia. Y en mi mente se quedó grabado su cargo: capellán-castrense. Desde aquel momento decidí que quería ser como aquel hombre.

Yo desconocía que en su cargo confluían dos poderes: uno institucional, y el otro fáctico (aunque en aquella época la Iglesia era también un poder institucional por sí misma).

Afortunadamente, con el paso del tiempo, mis estudios primero y mi vida profesional después, siguieron otros derroteros bien distintos hasta que llegué a la Administración en la que trabajo, pero nunca olvidé mi primera vocación.

¿Y por qué cuento todo esto en un blog sobre casos de éxito? Pues porque para muchos, hacerse cura puede ser la principal razón de su vida, mientras que para otros el objetivo puede estar en subir en el escalafón militar. Ambos logros pueden considerarse casos de éxito, pero cuando los dos confluyen en la misma persona, entonces el éxito es máximo.

Sin embargo, algunos jamás comprenderemos cómo pueden conjugarse algunos elementos para convertirse en un caso de éxito, como es el caso de la figura del capellán-castrense, expresión contradictoria en sí misma como lo es la hamburguesa-vegetal.

¡Ave María Purísima! ¡Firmes!

 

(1) Al revisar este texto para su publicación he recordado que mi abuelo paterno -al que no conocí- fue militar, maestro armero del Cuerpo de Artilleros de la Real Maestranza de Sevilla.

2 Responses to “Capellán castrense”

  1. Profile photo of Ana Ana dice:

    Jaja, ¡gran final! La verdad es que es curioso los caminos por los que la vida te lleva… Dios, parezco la abuela cebolleta, en fin, es lo que tiene la edad. Como anécdota contaré que de pequeña quería ser quiosquera, ¡toma ya! Podéis deducir que lo que más me gustaba era estar todo el día tomando golosinas, jeje, en fin, un trabajo tan honorable como cualquier otro que no descarto en ningún momento, jeje.

    Reportar usuario

Leave a Reply

*