Acceder



El mayor caso de éxito es un sueño hecho realidad

Lunes, mayo 30th, 2011 by

Cuando se alcanza un objetivo largamente perseguido, a pesar de la alegría del momento suele producirse una sensación un poco frustrante. Al menos eso he percibido al comentar con amigos cómo se sintieron en este tipo de situaciones, por ejemplo al acabar una larga carrera académica. Casi todos, tras al menos cinco años de trabajo, estudio y de espera, estaban satisfechos por el logro, pero no sentían la euforia que imaginaban tendrían cuando llegara ese instante. También fue frustrante para mi el día largamente esperado en el que me licencié del servicio militar (en mis tiempos era obligatorio y sin posibilidades de objetar), frustración que compartí con algunos compañeros el mismo día que salí del cuartel vestido de paisano para regresar a casa.

Pero a pesar de esa sensación de gozo incompleto, creo que los objetivos más importantes son los que nos planteamos a largo plazo. Y yo tuve un sueño a largo plazo que conseguí que se cumpliera y que cuando llegó todo fue como había imaginado, sin un ápice de frustración.

Todos tenemos sueños que deseamos ver cumplidos. Los llamamos sueños, y no proyectos, porque es muy difícil que se conviertan en realidad, y si alguna vez conseguimos que se materialicen, entonces comprobamos que la realidad no es exactamente como la habíamos soñado y aunque nos alegre haberlo conseguido, la satisfacción no es plena.

Que un sueño se materialice es todo un éxito, y si lo hace cumpliendo al cien por cien tus expectativas y compruebas que todo es tal y como lo habías soñado, entonces estamos ante un total y absoluto caso de éxito. Y si ese sueño que ves realizado está más allá de lo profesional o de lo académico, cuando pertenece al ámbito de los más íntimo y personal, entonces estamos en el súmmun de los casos de éxito, nos encontramos en lo que se denomina “un sueño hecho realidad”. Y yo creo ser uno de los pocos privilegiado que ha gozado de esa sensación. Pero dejemos ya este largo preámbulo y paso a contaros esta historia cursi de la que fui protagonista, o mejor debería decir uno de los principales personajes secundarios.

Soy el segundo de cinco hermanos varones. Cuando mi mujer, y yo nos embarcamos en la aventura de la adopción, todos los hermanos estábamos ya casados y con hijos, proporcionándoles a mis padres un total de 9 nietos, todos también varones, siendo dos de ellos hijos biológicos míos (bueno, y de Tere, sin cuya inestimable colaboración, y gracias al trabajo en equipo, no habría sido posible traerlos al mundo). Desde el punto de vista probabilístico existe una posibilidad entre aproximadamente dieciséis mil trescientas ochenta y cuatro de que se dé circunstancia tan masculina (corrígeme si me equivoco Elsa), pero este dato matemático es intrascendente porque, lo realmente importante es que la presencia de tanto varón en la familia me provocaba un deseo casi obsesivo de ser padre de una niña.

No estoy seguro de que ese invariable deseo de tener una hija fuera el principal motivo de recurrir a la adopción para conseguirla, ya que en el largo y complicado proceso de adopción no se permite elegir el sexo de la criatura. De lo que sí estoy seguro es del instante en que tomé la decisión, o mejor dicho, del momento en el que puse en conocimiento de mi mujer mí deseo de adoptar.

Ella no se lo esperaba, nunca se imaginó que mi cabeza pudiera albergar semejante idea –sobre todo teniendo ya dos hijos biológicos y mayores –y menos aún que yo fuera capaz de proponérselo seriamente. Aunque la intención de recurrir a esta vía para tener una hija hacía años que rondaba por mi mente, jamás se lo dije a nadie –ni siquiera a mi mujer –por miedo a que me tacharan de loco. Y no me equivocaba, porque cuando le propuse a Tere mi idea de iniciar los trámites, primero se lo tomó a broma, y cuando insistí, me dijo con la sensatez que la caracteriza que estaba rematadamente loco, lo cual me alegró, porque ratificaba mi magnífica salud mental ya que yo estaba de acuerdo con ella puesto que también consideraba una locura semejante ocurrencia. Pero el hecho de que fuera una idea insensata alentaba aun más mi propósito.

Recuerdo que estábamos los cuatro, la familia al completo, comiendo en un restaurante al que vamos con asiduidad cuando, en una mesa cercana vi a una pareja acompañada por una preciosísima niña pequeña (el superlativo es imprescindible) que genéticamente parecía no encajar en el grupo familiar salvo posible efecto de algún carácter hereditario recesivo. Como he dicho, y quiero repetir, la niña era una auténtica preciosidad, y mientras los padres la ayudaban a comer porque aun no dominaba el difícil arte de manejar los cubiertos, yo la miraba de soslayo intentando que no se dieran cuenta de que mis ojos no podían apartarse de ella. Su color de ébano, su pelo largo y rizado, y sus ojos de carbón contrastaban respectivamente con la palidez de la mujer, con la alopecia del hombre y con las gafas de ambos. Puse mi cerebro a funcionar a pleno rendimiento y antes de llegar a los postres ya había deducido que podía tratarse de una hija adoptada.

Fue en esos momentos cuando se me ocurrió que podía materializar mi idea tanto tiempo contenida, y entonces, con una total y absoluta falta de cordura y sin el menor tacto, le dije a mi mujer así, sin más preámbulos:

—Tere, ¿adoptamos a una niña? —.

Creo que ni me escuchó.

— ¿No te gustaría tener una niña como aquella? —insistí.

Con la misma falta de delicadeza que yo apliqué, y sin más sutilezas, mi mujer puso en duda mi estado mental.

—Tú estás chalao —me respondió.

Claro que yo tampoco hice demasiado caso de sus palabras.

Pablo y Carlos, nuestros hijos, que a la sazón tenían 17 y 12 años respectivamente, estuvieron encantados con la idea desde el principio y me apoyaron incondicionalmente. Pero Tere, que por su condición de mujer y de madre es mucho más racional que los tres hombres de la familia juntos, no se tomó en serio la conversación en ningún momento. Así que no insistí más en el asunto. Al menos por el momento; ya tendríamos tiempo de hablar sobre el tema un poco más adelante. Lo importante era que la propuesta ya estaba lanzada.

Al día siguiente, en casa, retomé la conversación del restaurante y le dije a Tere que lo que le propuse el día antes iba en serio. Volvió a sospechar del estado de mi cerebro, pero al menos se dio cuenta de que mi propuesta no era una broma.

Aquella misma tarde vino a casa María Jesús, mi cuñada y vecina, y a pesar de ambas cosas, amiga. Casualmente María Jesús es profesional del Trabajo Social y en aquel entonces trabajaba en una oficina de asuntos sociales de la Administración, aunque sus tareas no estaban relacionadas precisamente con las adopciones, pero sí estaba especialmente sensibilizada con los problemas de los niños sin padres, por eso pensé que ella podría ser un buen apoyo para mi causa. Tere le habló a su hermana de mi descabellada idea, y aunque la conversación no se desarrolló como yo esperaba, el resultado no pudo ser mejor.

Estábamos en la cocina y Tere le dijo a su hermana:

—María, no puedes imaginarte la majadería que se le ha ocurrido ahora a tu cuñado —le contaba así como quien no quiere la cosa.

María Jesús no se inmutó porque ya está acostumbrada a mis peregrinas ideas, y siguió escuchando.

— ¿Pues no se le ha ocurrido decirme que adoptemos a una niña? —continuó explicando Tere a sabiendas de que contaría con el absoluto apoyo de su hermana.

Yo albergaba la esperanza de que mi cuñada se pusiera de mi parte, esperaba que tras la sorpresa de la noticia nos animara a iniciar el procedimiento y nos diera algunos consejos desde su experiencia profesional en estos asuntos. Pero su respuesta fue otra muy diferente, y la manifestó rápida y contundentemente.

—Tu marido está chalao —dijo con la misma poca delicadeza que utilizó su hermana en el restaurante.

Parecía confirmarse la grave dolencia que padecían mi cerebro, mi cerebelo y todo mi sistema neuronal. Afortunadamente mi corazón parecía estar lo suficientemente sano y con la inmutable intención de seguir adelante.

Pese a estar ambas hermanas de acuerdo, tan bruscas palabras ejercieron en Tere el efecto contrario al esperado. Creo que la categórica respuesta de María Jesús hizo que a partir de ese momento mi mujer se pusiera automática e incondicionalmente de mi parte. Todavía no he agradecido lo suficiente a mi cuñada sus oportunas palabras.

Al día siguiente nos dirigimos al Servicio de Protección de Menores para informarnos sobre los trámites a seguir para iniciar un expediente de adopción internacional. Nos informaron del procedimiento y también nos dijeron que a la siguiente semana se celebraba una nueva edición de los cursillos de preadopción, a los que teníamos que asistir ineludiblemente. Nos inscribimos de inmediato.

Este fue el comienzo de nuestra aventura de la adopción. Fue un camino largo y lleno de dudas que yo sobrellevaba soñando que tenía a mi hija conmigo. En mi imaginación creaba historias con mi hija en todas partes: de paseo, en el parque, jugando… No sé por qué, pero en mi mente me regocijaba especialmente imaginando que iba al Carrefour con mi hija (en mi casa soy yo el que hace la compra semanal), y especialmente cuando pasaba por el pasillo de las galletas. En mi sueño veía a mi hija de pie dentro del carrito, extendiendo los brazos hacia los paquetes de galletas, cogiendo de los estantes todos los que se ponían a su alcance y llenando el carrito de paquetes de galletas de todas clases. Y cada vez que cogía un paquete me miraba y me dedicaba una sonrisa de complicidad..

Cursillos, informes psicológicos y sociales, papeleo, documentación para China… una larga espera… asignación y viaje a recogerla. Pasaron muchos meses durante los que mi sueño recurrente me ayudaba a no desesperar.

Poco a poco se cumplieron todos los trámites y plazos, fuimos a recogerla (que fue todo una aventura con visita a un hospital chino incluido) y regreso a casa.

Y entonces el sueño se hizo realidad, tras varios días sin salir de casa para que mi hija se fuera acostumbrando a su nuevo entorno, el frigorífico pedía a gritos que lo rellenáramos. Cogí a mi hija y nos fuimos al Carrefour, la metí en un carrito y al pasar por el pasillo de las galletas todo fue justamente como tantas veces lo imaginé. Eva Xiudi, de poco más de 3 añitos, miraba las estanterías riendo sin parar, cogía todo lo que le cabía en sus bracitos y echaba los paquetes dentro del carro tal y como me había visto hacerlo a mi instantes antes. Sentí esa sensación que los franceses llaman deja vu (perdonad que no recuerde como van las tildes) e intenté que ese sueño que se hacía realidad en esos momentos durara el máximo tiempo posible. Se me saltaron las lágrimas (y eso que yo no soy de lágrima fácil) y no las reprimí ni las disimulé. Sé que algunas personas me vieron y cuchichearon, pero me daba igual porque yo estaba en mitad de un sueño.

Cuando salí del pasillo de las galletas no me sentí capaz de devolver a las estanterías ninguno de los paquetes que ella había echado. Al volver a casa tuvimos galletas para tres meses.

¿Alguien puede contar un mayor caso de éxito?.

2 Responses to “El mayor caso de éxito es un sueño hecho realidad”

  1. Profile photo of Laura2.0 Laura2.0 dice:

    Aún no pero este relato me hace pensar que quizás, tal vez, algún día lo alcance

    Reportar usuario
    • Profile photo of José manuel José manuel dice:

      Simplemente es necesaria la perseverancia, que es la única virtud que me reconozco.
      Tu también nos podrás contar tu mayor caso de éxito: ese sueño que seguro se hará realidad.

Leave a Reply

*