Acceder



Los casos de éxito son una falacia

Viernes, mayo 27th, 2011 by

Como dije en la presentación, no me interesan los casos de éxito profesionales, y sin embargo de ellos voy a escribir aquí. Pero sólo lo hago para desmitificarlos, porque hay mucho de mentira en esas historias de empresarios brillantes que, en muchos casos, sólo fueron bendecidos por la fortuna.

Este post no es original, lo publiqué hace un par de años en otro blog, pero tuvo bastante éxito y he decidio recuperarlo aquí. Ahí va:

A veces no me queda más remedio que tirar de los “casos de éxito” para ilustrar mi docencia universitaria en los cursos de posgrado. Prefiero no recurrir a ellos, pero los alumnos los piden con insistencia. Comprendo la importancia de utilizar ejemplos para complementar la teoría que imparto, pero prefiero hacerlos con ejemplos simples y de “amplio espectro”, aplicables en múltiples casos y circunstancias dispares y siempre en proyectos pequeños. Sin embargo, cuando hablamos de proyectos de cierta complejidad y envergadura no me gusta utilizarlos porque lo que es válido para unos no tiene por qué serlo para otros.

El motivo de mi reticencia es que cada proyecto es diferente a otro porque pertenecen a ámbitos y circunstancias particulares, y además, cada cliente tiene necesidades, requisitos, urgencias y precisión diferentes. Por otra parte, en cada etapa del proyecto participan profesionales de disciplinas diversas con opiniones personales, que siguen orientaciones diferentes, utilizan herramientas dispares, aplican técnicas heterogéneas, tienen particulares formas de documentar y con infinitas maneras de enfocar el proyecto a abordar. Tanta disparidad de elementos confluye en los proyectos que, ante el más mínimo descuido, se produce un crecimiento desmesurado de la entropía que frecuentemente acaba con el fracaso en la consecución del objetivo, o en el mejor de los casos provoca importantes desviaciones en los recursos asignados al proyecto así como en el tiempo de ejecución, lo que se traduce en un incremento del coste y un retraso en los plazos de entrega.

Además, en todos los proyectos hay que luchar contra el tiempo, y como decía San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta sé lo que es; si quiero explicarlo a quién me lo pide, no sé lo que es”. No somos capaces de definir el tiempo, y sin embargo el tiempo es vital en los proyectos porque en muchas ocasiones se piden las cosas para ayer, en otras, prima la improvisación, y como mínimo todo debe estar realizado lo antes posible. Porque, como dice Mafalda, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

Al abordar un proyecto es necesario igualmente luchar contra los recursos, o mejor dicho, contra la falta de ellos. Ya sean recursos técnicos, económicos o humanos (horrible expresión de la que suelo rehuir porque que rebaja a la persona a simple elementos de producción).

También hay que luchar contra la costumbre, porque como dice un conocido principio jurídico: “la costumbre hace la ley”. La costumbre hace que las personas dejen de reflexionar acerca de lo que les rodea y se contenten con aceptarlo. La costumbre tiene dos elementos, uno objetivo, que implica repetirse constantemente, y otro subjetivo o psicológico, que expresa la convicción de la veracidad de ese componente sin necesidad de más consideraciones, por eso es tan difícil cambiar los hábitos. El cambio genera incertidumbre, e iniciar un proyecto significa alterar los hábitos de muchas personas y enfrentarse a la fuerza de la costumbre, por eso, cuando más falta hace la participación y colaboración de los implicados en el proyecto, lo que se consigue es su rechazo, o cuanto menos apatía y desinterés.

Y en esta constante lucha que es la ejecución de un proyecto, cuando los recursos necesarios se disparan, las personas no colaboran como se esperaba y los plazos se retrasan inexorablemente, parece que no hay forma de enmendar, y entonces llega la desesperación y el descontrol. El caos.

Así que explicar con un ejemplo, por muy exitoso que haya sido, cómo lograr el objetivo pleno en un proyecto me parece una desatinada simplificación, una mentira al estudiante, una auténtica falacia. Pero claro, mis alumnos me piden que les ponga ejemplos de proyectos coronados por el éxito. Y a mi no me queda más remedio que satisfacerlos.

En Internet existen repositorios de “casos de éxito” en los que por un módico precio te proporcionan ejemplos y más ejemplos de triunfantes proyectos, como pueden ser la forma en que una empresa de energía eléctrica contempla la posibilidad de privatización en un país sudamericano, o la dicotomía ante la que se encuentra una empresa comercializadora que ante los bajos resultados de ventas en Hong Kong se plantea si buscar otro distribuidor o adquirir una participación en una filial, o el caso de una empresa concesionaria de vehículos que se enfrenta a una difícil decisión cuando uno de sus mandos intermedios compra un vehículo a la competencia porque le valoraron algo mejor el vehículo a entregar… (son casos reales).

Pero por más que busqué en estos repositorios, jamás encontré proyectos mínimamente comparables a los que yo ejecutaba o enseñaba. Por eso tampoco suelo recurrir a esos repositorios, y sin embargo creo que satisfago las peticiones de mis alumnos explicándoles siempre los tres mismos casos que yo considero de éxito, son los siguientes:

El caso George Dan. Este cantante goza de una amplia formación musical en el conservatorio de París, además de otra formación universitaria. Con sus conocimientos musicales podía haber hecho una carrera musical de prestigio, con composiciones de calidad y espectáculos serios. Sin embargo se dedicó a la pachanga y a la canción del verano. Nadie puede dudar de que en este estilo de música ha sido un auténtico caso de éxito, ya que sus canciones veraniegas sonaban insistentemente durante más de 30 años, e incluso hoy en día son una referencia.

El caso “Vacaciones en el mar”. Los que ya peinamos canas (bueno, los que les quede algo de pelo) recordaremos esta serie intrascendente de la tarde de los domingos. Las historias que se narraban transcurrían en un barco de pasajeros dedicado a hacer travesías vacacionales, y estaban a caballo entre el sentimentalismo más dulzón y el humor más blanco. Y sin embargo la serie fue un éxito desde el punto de vista de que alcanzaba su cometido, es decir, rellenar televisivamente la aburrida tarde de los domingos. Otro caso de éxito.

El caso de las películas pornográficas. A mis alumnos les explico que cuando voy al cine a ver una película de terror, esta ha de ser muy buena y estar muy bien hecha para que me infunda, como mucho, cierto desasosiego. Igualmente ocurre con las comedias, que para hacerme reír necesitan muchos recursos humorísticos. Las películas de fantasía requieren un alarde de medios técnicos enorme para que despierten mi interés, los dramas difícilmente me hacen llorar… y así me pasa con todos los géneros cinematográficos. Excepto con uno, con las películas pornográficas, ya que estas, por malas que sean, por burdos que sean sus argumentos y por pocos recursos que utilice, siempre consiguen captar mi interés y despertar algo más que mi sensibilidad. Suelen ser películas de muy bajo presupuesto y pretensiones, pero que cumplen su objetivo a la perfección, porque muy mala tiene que ser la película porno para que no actúe directamente sobre la libido del espectador. Un indudable caso de éxito y que siempre lo será.

Y tras exponer estos tres casos algunos alumnos me miran estupefactos sin entender qué relación hay entre los tres ejemplos y qué tiene que ver con los casos de éxito que me pedían. Entonces les propongo un debate para sacar conclusiones aplicándolos a un hipotético proyecto empresarial, y la verdad es que al poco de iniciarse la discusión las moralejas van surgiendo:

En el caso de éxito que llamo “George Dan” la clave estuvo en dirigirse a la mediocridad. Mi hermano Enrique dice que quiere crear una empresa dedicada a la formación, y afirma que prefiere montar una academia con precios económicos para las recuperaciones escolares en un barrio humilde y con elevado índice de fracaso escolar, en lugar de montar un centro de formación de elite para titulados superiores en el centro de la ciudad y a precios sólo aptos para ejecutivos bien remunerados. Ojo, no es que la segunda de las opciones no pueda prosperar, sino que la primera tiene más posibilidades de ser rentable y además en menos tiempo. Si el insigne cantante se hubiera dedicado a la música clásica probablemente habría tenido menos éxito o le hubiera costado un mayor esfuerzo conseguirlo. Moraleja: la mayor parte de los negocios rentables están dirigidos a la mediocridad, porque, a fin de cuentas, la inmensa mayoría de los ciudadanos pertenecemos a esta categoría.

En el caso de éxito que denomino “Vacaciones en el Mar” el acierto estuvo en que los productores del serial no se propusieron hacer una serie pretenciosa, con vistas a ganar importantes premios ni a competir con otros programas de reconocida calidad. El objetivo principal de la teleserie era, simplemente, rellenar los huecos de la TV en las tardes dominicales, y es evidente que lo conseguía. Nadie esperaba de esta serie un argumento elaborado, ni una fotografía espectacular, ni unos personajes carismáticos, ni tampoco transmitir mensajes trascendentales… Dice mi hermano Enrique que en su academia sólo se impartirán asignaturas propias de los cursos escolares, principalmente las más generales y que cualquier profesor mínimamente preparado podría impartir (matemáticas, lengua, física…), y que no piensa impartir asignaturas universitarias, ni siquiera de la FP de grado superior. Moraleja: mientras más simples y menos numerosos sean los objetivos de los proyectos en los que te embarques, más fácil será alcanzarlos.

En el caso de las “películas porno” el éxito viene dado, evidentemente, por ser un producto que va directamente dirigido a complacer los instintos sexuales de los humanos. Biológicamente, los instintos son pautas hereditarias de comportamiento que son comunes a la especie con apenas variaciones entre cada individuo y que compromete a todo el organismo vivo. Es decir, nos afectan casi por igual a todas las personas y además no podemos desentendernos de ellos (salvo excepciones que seguramente requerirían tratamiento médico o psicológico). Enrique, mi hermano, dice que cuando se vayan acercando los exámenes de recuperación de los alumnos de su futura academia les lanzará consignas dirigidas sosegar el instinto de supervivencia que se va despertando en los estudiantes ante la proximidad de las evaluaciones (les dará consejos para copiarse en los exámenes, les enseñará técnicas para hacer chuletas, les iniciará en el sublime arte del peloteo…). Moraleja: mientras más elementales sean los instintos que pretendamos satisfacer con nuestro proyecto, a más personas les interesará.

Conclusión: Si tu proyecto empresarial lo diriges a la mediocridad, con objetivos poco ambiciosos e intentando complacer los más bajos instintos de los seres humanos, el éxito está asegurado.

Estoy seguro de que mi hermano Enrique triunfará con su proyecto de negocio. Lástima que yo no esté de acuerdo conmigo mismo.

2 Responses to “Los casos de éxito son una falacia”

  1. Profile photo of Being Social Being Social dice:

    Me encantan tus “casos de éxito” ;-)

    Sobre el caso Georgie Dann, sólo puedo reír y reír, y recordar una campaña de publicidad en la que alguien intentaba ser el primero en llegar a los sitios más insospechados en su todo-terreno, vestido de comunión y con canciones de Georgie Dann… y terminaba llevándose al mismísimo cantante.

    Pues bien, en aquella época, teniéndole hasta en la sopa, con media España bromeando con lo de “es como ir al Polo y encontrarte a Georgie Dann”, coincidió que mi prima se fue a hacer submarinismo a Australia. Tras varios problemas con el vuelo de más de 24 horas, en el aeropuerto de tránsito le ofrecieron las duchas VIP para asearse. Y, ¿adivináis a quién se encontró al salir de la ducha? ¡¡A Georgie Dann!!

    Lógicamente, cuando lo contaba a la vuelta, entre risas y dudas, todos coincidíamos en que lo más alucinante de su viaje no eran los espacios submarinos, los corales o la fauna oceánica… lo más alucinante fue su encuentro con Georgie Dann.

    ¡Qué le vamos a hacer! La inmensa mayoría de nosotros somos así, mediocres quizá, pero apreciamos el valor de la risa por encima de muchos otros.

    ¿Es la necesidad de reír uno de esos “más bajos instintos” de los seres humanos?
    Espero que sí ;-)

    Reportar usuario
    • Profile photo of José manuel José manuel dice:

      Con frecuencia creemos que el sistema neurológico (cerebro incluido) es el que controla nuestros actos, pero no siempre es así. Muchas veces es el sistema límbico el que da las respuestas, normalmente en lo relacionado con las emociones, los instintos sexuales, el miedo, la conducta… Así a veces las personas hacen cosas inesperadas.
      Ante una situación de peligro extremo alguien de poco espíritu y cobarde puede comportrase como un valiente (el comic Hulk tiene cierto fundamento científico, evidentemente llevado al ámbito de lo irreal). Otras veces, personas de moral intachable se descubren como auténticos seres abyectos en lo sexual.
      Y es que no debemos dejar que el sistema límbico tome el control de nuestros actos, salvo en el caso de la risa que, creo yo, también depende de dicho sistema.

Leave a Reply

*